
Por Victoria Barceló


Nunca antes habíamos alcanzado tal nivel de desarrollo científico y tecnológico. Somos capaces de enviar misiones como Artemis II rumbo a la Luna o de comunicarnos en tiempo real desde cualquier punto del planeta. Sin embargo, ese mismo progreso convive con una realidad incómoda: seguimos enfrentándonos a guerras, amenazas de destrucción masiva y profundas desigualdades.
Esta contradicción no es nueva, pero hoy adquiere una dimensión mucho más peligrosa. Porque la capacidad de hacer daño también ha crecido. Y lo ha hecho de forma exponencial.
La tecnología, en sí misma, no es ni buena ni mala. Es una herramienta. Un avión puede transportar ayuda humanitaria a una zona devastada o convertirse en un instrumento de guerra. La energía puede iluminar ciudades o arrasarlas. La diferencia no está en la herramienta, sino en la intención que guía su uso.
Ahí reside el verdadero dilema de nuestro tiempo: no se trata solo de cuánto sabemos, sino de qué hacemos con lo que sabemos.
Durante décadas hemos identificado el progreso con el avance técnico. Más velocidad, más capacidad, más eficiencia. Pero ese progreso ha ido muchas veces por delante de la reflexión ética. Hemos aprendido a hacer cosas extraordinarias sin detenernos lo suficiente a pensar si debemos hacerlas, o para quién las hacemos.
El resultado es un desequilibrio peligroso: una humanidad con un poder inmenso y una conciencia que no siempre está a la altura de ese poder.
Las amenazas de Trump de llevar a cabo bombardeos masivos contra infraestructuras civiles en Irán plantean un dilema puesto que serán considerados crimenes de guerra. Trump escribió en su red social insultos y amenazas: “¡No habrá nada igual! Abran el p….. estrecho, bastardos locos, o vivirán en el infierno”. Desgraciadamente muchos lideres que nos gobiernan revelan una verdad incomoda: pese a todo nuestro conocimiento, seguimos recurriendo a la fuerza, a la amenaza, a la violencia contra los mas debiles. Seguimos creando sufrimiento a nuestro alrededor.
El desarrollo del derecho internacional intentó, tras las grandes tragedias del siglo XX, poner límites a esa capacidad destructiva. Normas para proteger a la población civil, acuerdos para evitar el uso indiscriminado de la violencia, principios que apelan a la dignidad humana.
Es necesario recuperar una idea que a menudo se da por supuesta: el conocimiento debe estar al servicio de la vida.
Esto implica un cambio de enfoque. No basta con innovar; hay que hacerlo con sentido. No basta con desarrollar nuevas tecnologías; hay que preguntarse a quién benefician y a quién pueden perjudicar. No basta con crecer; hay que hacerlo sin dejar a nadie atrás. Cito aqui una frase del impulsor del Humanismo Universalista, Silo «El progreso de unos pocos, termina en el progreso de nadie».
El humanismo no es una abstracción filosófica, sino una guía práctica. Significa situar a las personas —todas las personas— en el centro de las decisiones. Significa entender que el verdadero progreso no se mide solo en avances técnicos, sino en bienestar, justicia y dignidad para todos.
La historia nos ha demostrado que la tecnología amplifica lo que somos. Si hay cooperación, multiplica sus efectos positivos. Si hay conflicto, multiplica la destrucción. Por eso, el desafío no es tecnológico, sino profundamente humano.
Hoy, mientras una parte de la humanidad mira hacia las estrellas, otra sigue atrapada en conflictos que podrían evitarse. Esa imagen resume nuestro tiempo: una especie capaz de explorar el universo, pero que aún no ha resuelto cómo convivir en su propio planeta.
La pregunta que nos hacemos hoy es directa y apremiante;
¿Qué dirección queremos dar al conocimiento que hemos alcanzado?
Una direccion egoista que termine en el enriquecimiento desmesurado y vacío de unos pocos o una dirección hacia el bien comun de toda la humanidad.
De la respuesta a esa pregunta depende no solo nuestro futuro, sino nuestra propia supervivencia.
Sigue nuestras noticias







Cuando el periodismo se hace filosofía: un linaje global más allá del formalismo del oficio



España tiene por primera vez más de 37 millones de vehículos matriculados










